lunes, 21 de septiembre de 2009

POR EL CAMINO DE SIGMUND FREUD



POR EL CAMINO DE SIGMUND FREUD.

(Primera parte de tres)

Por: Psic. Manuel Jesús Tello Colli.

“estan aquí los restos de un hombre del se puede decir que antes de el, era el mundo distinto” Stefan Zweing en el acto de sepelio de los restos de Freud en Londres.

La infancia.

El 6 de mayo de 1856, en la cuidad de Freiberg, Moravia nació Sigismund Freud a las 18:30 hrs. Nombre que cambia a la edad de 22 años por Sigmund. Sus padres fueron Jacob Freud y Amalia Nathansom, la cual era la segunda esposa de su padre. Fue el hijo mayor de una familia que tuvo en total ocho años.

Los primeros años fueron tranquilos, a la edad de 4 años en busca de una mejor condición de vida, su familia se traslada a Viena donde fue educado y donde empiezan las pruebas y las dificultades. Sus biógrafos señalan que la llaga que sufrió toda su vida fue la pobreza que había ensombrecido su infancia y su juventud.

El antisemitismo.

En aquella época Viena era una cuidad antisemita por excelencia, su familia y el mismo sufrió la discriminación y la humillación por ser judío; en su autobiografía Freud relata una anécdota contaba por su padre que le marco significativamente:

“tendría yo diez o doce años cuando mi padre comenzó a llevarme a sus paseos y sostener conmigo conversaciones sobre sus opiniones… donde me contó el siguiente hecho, una vez cuando yo era joven en la región donde naciste, Salí a la calle un sábado bien vestido y con un bonete de piel nuevo, tropecé con un cristiano; de golpe lanzo mi bonete al fango, y me dijo judío bájate de la acera, y tu que hiciste le dije; recogí mi bonete y me fui”.

Si a la pobreza, había que sumarle el antisemitismo ciertamente el sufrimiento de Freud, tomaba proporciones amenazadora, es precisamente estas circunstancias de su vivir; lo que desarrollaron en el precozmente la ambición, la sed ardiente de gloria, que es indudablemente unos de los rasgos notables de su carecer.

A esta edad el joven Freud no sabia lo que le aguardaba, el gran drama, el gran escándalo, en que el solo y sin ayuda vence el terror de su descubrimiento.

La profecía.

Freud creía en si mismo, en su futura gloria y elogio; a la edad de 29 años profetiza su futuro; un día de 1885 diez años antes de su descubrimiento del inconciente, decide destruir todos sus papeles íntimos y se felicita por jugar asi una mala pasada a sus futuros biógrafos y menciona en una carta a su novia:

“En cuanto a mis biógrafos que se torturen no les facilitare la tarea, cada cual podrá tener su idea sobre la evolución del héroe… y yo me regocijare con sus errores”

El nuevo Jose

Sigmund era profundamente judío al igual que su padre, el cual le regalo al cumplir 35 años, su Biblia, y en una carta le escribe:

“aquí encontraras la fuente de conocimiento, el libro de los libros, la fuente donde han bebido los intelectuales”.

Freud siempre reconoció que la lectura de la Biblia ejerció una profunda influencia sobre su desarrollo intelectual y moral.

Manes Sperber, vio en Freud lo que propone llamar “el complejo de José” ya que este se identifico con frecuencia con el nombre de José. Hijo como el de Jacob, también interprete de sueños; el nombre de José ha representado un papel importante en su vida, como Joseph Breuer.

La Viena de Freud.

Viena no se parecía a la imagen de las grandes ciudades francesas, era una cuidad dura, retrograda y con prejuicios duramente establecidos, menciona Marthe Robert:

“Viena goza indebidamente de la gloria de Freud, por que durante los 38 años que paso alli, no le dio sino molestias y rechazos, y cuando ya no fue objeto de burlas, una indeferencia llena de desprecio”.

Freud como se sabe, no recibió jamás la menor consagración oficial de Viena, nunca tuvo una cátedra en la universidad y a pesar de los grandes esfuerzos repetidos de altas personalidades internacionales, tampoco recibiera jamás el premio Nóbel. Aun cuando el mundo entero lo aplaudía y elogiaba, Viena se encerró en su resentimiento.

Pero a pesar de su antipatía Viena le atraía y el le tenia apego, cada vez que los acontecimientos le ofrecieron razones de peso para abandonarla, se negó ha hacerlo a “desertar” como el decía.

“así compartió la suerte de Viena en los peores momentos de su historia, durante la primera guerra mundial y después cuando Austria se moría de hambre y el mismo privado de clientela y de recursos contemplaba el espectro del hambre” Marthe Robert

Ante la invasión de Austria por los nazis, opuso la misma negativa y gracias a los esfuerzos desesperados de sus discípulos Ernest Jones y Marie Bonaparte, finalmente acepta el exilio y fue a Londres y fue ella la que al hacerle una acogida vibrante de color y de emoción reparo la ingratitud de Viena.

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